Anora es la última película del director estadounidense Sean Baker, que significa un punto de confluencia de sus intereses en su corta filmografía, ganadora de la Palma de Oro en Cannes y de reciente estreno en Argentina.
Baker es un cineasta que se mueve por el cine independiente de Estados Unidos, periferia que se replica en sus protagonistas dado que trabaja con personajes que están al costado de algo, ya sea de Hollywood mismo (Tangerine), de Disney (The Florida Project), etc. Son personajes a priori marginados por el cine, que suelen aparecer en otro nivel de relevancia de las tramas de Hollywood o solo ocupan el rol protagónico para ser retratados como víctimas de una sociedad. Baker los humaniza y los utiliza como si fueran cualquier otro tipo de personajes. Su último film está plagado de los mismos: Ani es una bailarina erótica, Iván es un ruso hijo de millonarios, Toros y Garnik son una especie de mafiosos armenios al cuidado de la familia rusa e Igor un matón ruso que resulta ser un hombre sensible.
A partir de esa característica puntual podemos partir a otros intereses del director. Uno de ellos es el lugar que ocupa el sexo en la vida de estos personajes. Claro que es transaccional, acorde a la actualidad, según Baker. El goce hecho producto. En las películas de Baker sobrevuela constantemente la condición económica para calificar cada acto. El estilo de vida es el comercio de uno mismo. Una visión de cada uno como su propio producto. Lo vemos en Starlet con la actriz porno, que se repite en Red Rocket extendido a sus secundarios. En Tangerine es más explícito ya que las protagonistas son prostitutas, lo más cercano a Anora, pero también a la madre de The Florida Project. Casi que la condena de sus personajes es que el goce no sea tal y que ellos no lo vean como algo malo, por eso no cambian en general.
Si hablamos del goce a través del sexo nos podemos preguntar dónde queda la pasión del amor. Esa es la gran incertidumbre casi existencial que merodea la filmografía de Baker. En general son relatos en los que los protagonistas se chocan con una realidad y la aceptan o no (mayormente esta segunda opción), pero que hacia el final encuentran lo más cercano a un afecto de ese estilo, aunque más asociado a la amistad que al romance. Casi en todas sus películas llega cierta caricia y cierta contención propias de un amigo, dando inicio o reafirmando ese vínculo, a excepción de Red Rocket. Vemos que el amor romántico casi no forma parte de la ecuación, solo les queda lo transaccional del sexo. Una visión que tiene el cineasta sobre el mundo actual. Pero Anora lo aborda directamente, es el viaje que propone la trama, por eso la considero un hito en su carrera.
Ani, una joven centennial que utiliza su cuerpo como medio de trabajo, y no reniega de eso, conoce a Iván, un joven ruso millonario, también centennial, en el club nocturno donde se desempeña. Ya esto resume metafóricamente a nuestra generación: las relaciones sexuales son importantes en tanto y en cuanto al medio de entrada, pero con una sobredimensión de su valor por sobre los sentimientos, y con la imagen como valor personal. Ella poco a poco se irá enamorando, eso es lo extraordinario que pone en marcha a la trama, algo atípico si vemos la segunda historia detrás del relato. En cambio, él no. Es más, su accionar respecto al “inicio” de esta relación parece la concreción de un contrato financiero, como por ejemplo cuando le propone ser su novia por una sola semana es justamente una propuesta económica. Además, este vínculo está enmarcado en el mundo de lo visual: importa mostrar en las redes sociales ese supuesto amor (como cuando ella saca una foto del anillo de casamiento), pero también la imagen de cada uno como un supuesto de los que son, él necesita mostrarse constantemente como un millonario y ella la aspiración a un imaginario material como único motivo de vida. El problema está claro cuando esa idea de relación se rompe a partir de la desaparición de Iván, porque esto no es el amor debe decir Baker, como primer paso de reflexión para Ani, algo atípico en su filmografía dado que sus personajes no reflexionan sobre sus actos.
Esto refleja la fragilidad de los vínculos actuales. Pero entonces qué es el amor. Ahí arranca la segunda parte de la película, donde la comedia hilarante pasa a otro estadío más dramático sin abandonar lo cómico de todas maneras. La búsqueda de Iván es la búsqueda del significado del amor en el presente: comienza en el muelle donde vemos una montaña rusa (podría resumir la filosofía de vida de Ani), sigue en restaurantes y boliches con Instagram como “herramienta” y finaliza en una vuelta al club nocturno. La primera respuesta a esta búsqueda está en la reacción de Iván frente a la aparición de sus padres al acceder a la cancelación de su matrimonio. Por eso Iván representa al joven contemporáneo, que pasa de secuencia en secuencia, no se queda en ningún lado, por lo que la supuesta formalidad de sus vínculos carecen de relevancia y probablemente nunca conozca el amor verdadero. La segunda respuesta está en el personaje de Igor que poco a poco aparece en la trama y sobre todo ocupa lugar en los encuadres, gran decisión de puesta. La deconstrucción de su imaginario equivale al desgranaje que nos corresponde hacer en la vida sobre el amor. Un matón ruso que muestra más su parte sensible que la violenta, cosa que se pone en cuestión en una de las escenas finales. Ahí es donde Ani encuentra el verdadero significado del amor y por eso con él es que recién adopta su nombre completo, Anora.
Este es el motivo por el cual el final es tanto trágico como esperanzador. Ani busca agradecerle sus gestos como lo único que entiende, el uso de su cuerpo a través del sexo, que probablemente disfrute a diferencia de con otros hombres, pero que no deja de ser solo goce. Cuando Igor quiere besarla ella se destruye emocionalmente. La aparición del sentimiento que la descoloca y la enfrenta contra la realidad. Finalmente se deja abrazar por ese amor, entre lágrimas de dolor.
El mayor valor de esta película, más allá del punto cúlmine en la carrera de Sean Baker, es el retrato tan certero de los vínculos románticos propios de nuestra generación. Tal vez por eso me haya llegado tanto, dado que el cine actual casi no nos habla.

Todo queremos un igor en nuestras vidas
ResponderBorrar