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Somos cineastas, no comunicadores

 Las nuevas generaciones de cineastas, en especial los y las estudiantes, se entienden a sí mismos más como comunicadores a partir de la expansión del término audiovisual en detrimento del cine. La motivación a la hora de pensar un corto o un largometraje es comunicar una idea, lo que a priori no está mal, pero se encierra en la dinámica de los medios de comunicación más que en la discursiva de la narración propia del arte.

Claro está que la actualidad se ve condicionada por una crisis del pensamiento que afecta directamente a la concepción del arte, pero en el caso del cine va más allá. Al tratarse de un arte cuyos elementos técnicos son el video y el sonido se incluye dentro de lo llamado audiovisual. El problema está en no distinguir lo que incluye ese campo dado que cine y publicidad no es lo mismo, así como tampoco lo son el videoclip y el fashion film. Está distinción no conlleva una carga calificativa de ningún tipo, por el contrario, para remarcar las cualidades de cada disciplina es necesario diferenciarlas. El cine, a pesar de su soporte técnico, está más cerca de las otras artes que del audiovisual, en términos sobre todo narrativos. El cine tiene su propio lenguaje, algo que aprendemos en primer año de la Facultad. La comunicación está más asociada al resto de disciplinas que conforman ese campo audiovisual, aunque aún en esa similitud encontramos un error de concepción. Esta motivación comunicativa con la que se encara un proyecto tampoco es aplicable a esas disciplinas, porque tiene una impronta propia de los medios de comunicación.

La lógica de los medios y la del arte no son compatibles. La primera está enmarcada en reglas éticas de una sociedad, donde hay un compromiso con el receptor del discurso en cuanto debe informarse, así sea una noticia o una opinión sobre esa noticia. La segunda no concibe una moral por quien expresa un discurso en una obra, esa moral es propia del espectador que se enfrenta a una discusión, en el mejor de los casos. Esta diferencia se ve corrida en el presente, donde nuestra percepción está cargada de un sesgo moral antes de siquiera ver, ya ni hablamos de comprender lo que una obra tiene para decir. Sumado al exceso de literalidad con el que se piensa sobre todo el cine. El siglo XXI no es apto para la metáfora. 

Una película plantea una discusión alrededor de un tema, con una visión de mundo de su autor/a. Una buena película propone preguntas pero no las responde de manera tajante, como si le enseñara al espectador qué pensar. Indaga en la búsqueda de una verdad más cercana a la percepción de la realidad. Por eso es que no puede leerse bajo una lógica moral comunicacional, porque no transmite un mensaje desde una superioridad impuesta. El cine es mucho más popular en ese sentido, expone una serie de factores en juego alrededor de una idea temática. Tal vez esta idea sea contradictoria con las bases académicas de la teoría del relato en las Escuelas y Facultades de Cine, y tal vez sea necesario contradecirse en una época donde hacemos de todo por no pensar. El cine no tiene la intención de enseñar ni de comunicar.

Este problema ve su máxima expresión en la narración, la base de toda obra artística. Tanto la moral de la comunicación como la ausencia de la metáfora inducen a la mediocridad en términos de calidad del cine. Los y las cineastas emergentes, pero también ya varios establecidos en la industria, por ende podría decirse la industria, se preocupan más por resaltar su existencia detrás de un discurso, de manera inconsciente. Importa más establecer que yo pienso tal cosa que proponer al otro un campo de grises sobre esa cosa, sin una verdad muy certera. La narración, sobre todo en la ficción, es la que permite difuminar ese lugar central del emisor para dárselo al receptor, sin hacer desaparecer del mapa al primero. 

En los tiempos que corren es fundamental defender al cine desde su eje discursivo, la narración. La llamada batalla cultural que se nos impone tiene que ver con esto, ya que se busca eliminar el pensamiento crítico de las personas. Y esto ya sucede, no solo en el público sino también, y en un gran porcentaje, en quienes realizan las obras. Pensar una postura sobre la interpretación y la participación del público amerita un análisis más profundo y una relación directa con el devenir social. Por lo pronto, podemos ocuparnos de nuestro rol como cineastas. Si queremos ser más exactos podemos reconocernos como narradores, no comunicadores. 

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